Imagina, si puedes, un mundo regido por un tirano tan opulento como cruel; alguien absolutamente irracional, próspero en vicios y carente de virtudes, pero adorado por una masa que mata y muere por su esencia. Imagina, si quieres, un mundo en el que las personas fueran capaces de asesinar a otras por sus ideas, creencias o valores impuestos. Y no sólo impuestos, también inyectados. Imagina que toda la población estuviera adoctrinada por una serie de convencionalismos y su único objetivo en la vida fuera ser fiel a éstos, pues lo diferente sería raro, siniestro, amenazador. Imagina una sociedad carente de autoestima, en una búsqueda constante por alcanzar el reconocimiento ajeno, la fama, el prestigio. Personas que consumieran sin parar, porque eso es lo que deben hacer, porque eso es lo que dicta el gran líder. Imagina, si te ves capaz, que las personas estuvieran, además, esclavizadas por pequeñas máquinas que no fueran más que una manifestación de ese tirano. Imagina que ese mundo distópico viviera diferentes guerras, en las que los únicos perjudicados fueran los civiles, algunos de los cuales sufrieran bombardeos y masacres constantes. Imagina que las personas tuvieran armas en sus casas y que pudieran matar a cualquiera a la primera de cambio. Imagina que los gobernantes inventaran motivos falsos para crear conflictos, sólo por mantenerse fieles al tirano anteriormente citado. Imagina que algunos políticos mintieran, robaran y abusaran de los ciudadanos que habían confiado en ellos; sí, que los gestores de la administración pública se convirtieran en payasos de circo que venden su alma por un voto. Imagina, si te atreves, que la gente muriera de hambre y que, sin embargo, sobrara la comida. Que para que unos pudieran vivir eternamente, otros debieran conocer la vida sólo durante unos instantes. Imagina unos humanos que destrozaran el planeta en el que han tenido la suerte de surgir. Imagina unos movimientos migratorios sin apenas precedentes. Imagina cómo sería que las personas se vieran obligadas a huir de sus hogares y fueran recibidas en otros con violencia y rechazo. Imagina que, además, unos humanos se creyeran superiores a otros por su lugar de origen. Y que a la gente no le importara, porque se hallaran tan absortos en su propia existencia que no vieran más allá. Imagina que se discriminara a las personas por su orientación sexual, su expresión de género, su identidad o simplemente por haber nacido mujeres. Imagina que incluso lo más mágico de las personas se pervirtiera, que el arte en todas sus formas se convirtiera en un negocio. Que triunfara, por ejemplo, la literatura sin calidad o la música sin pasión. Imagina, si lo deseas, que hubiera personas que se opusieran al progreso de la humanidad, a los cambios favorables para las personas. Imagina que los valores de la sociedad se torcieran, que lo más importante fuera el aspecto físico y las mentes pasaran a un segundo plano. Y así, las relaciones se deshumanizaran, convirtiéndose en contratos temporales. Imagina, si puedes, que mientras todo esto ocurriera hubiera personas que se conformaran, que aceptaran su desdichada situación y se sentaran a observar en su televisor cómo el mundo se cae a pedazos. Imagina que la sociedad se mantuviera estática, contenta con lo que les permiten ser. Imagina, si te apetece, que el famoso tirano que dicta las normas de todo lo que concierne al individuo, la sociedad y el gobierno, no fuera otro que un ser inerte, rebosando de las carteras de algunos desaprensivos. Imagina que fueran los humanos los que alimentaran el sucio juego del líder al que no le importa la vida de nadie. Imagina esta distopía, si puedes, y haz todo lo posible para no convertirte en una pieza del puzzle, sin ideas ni pensamiento propio. Imagínalo y, si llegara el momento en el que esta profecía se cumpliera, permite, si quieres, que te digan cómo vestir, cómo peinarte y cómo actuar en ciertos momentos de tu vida social, pero no permitas jamás que te digan cómo pensar.
Reflexiones sin razón de ser
sábado, 19 de marzo de 2016
Vivir es pecado

Como he mencionado en diferentes ocasiones en este blog, el ser humano no conseguirá (por mucho que avancemos como civilización) desprenderse de aquello que lo caracteriza como ser animal. Pero tenemos la razón, claro, y el progreso; es evidente que no podemos comportarnos como salvajes ni tampoco pretender convertirnos en autómatas. No obstante, ha sido algo buscado por diversos filósofos, como Platón. Defendían de algún modo alejarse de lo caótico y natural para alcanzar un verdad absoluta. ¿Es eso incluso posible? Es, en realidad, antinatural. Son ideas que, en cierto modo, niegan la vida tal y como es. Pero estos filósofos aportaron maravillas a la cultura occidental, convirtiéndose en la cuna de nuestra civilización hasta niveles insospechados. Porque, ¿qué es el cristianismo sino un reflejo de aquellos pensamientos que divinizaban la razón tratando los temas humanos como triviales e innecesarios? Sí, es así. El cristianismo nos habla del dualismo ontológico y antropológico: dos mundos, dos componentes del humano... Nos dice que el alma es superior al cuerpo, nos aleja de lo material, por tanto, de lo humano, de lo básico. Nos explica que el mundo material es una prueba para poder acceder al cielo (lo cual recuerda a los dos mundos platónicos). Eso sí, sólo lo haremos si somos buenos. Si no pecamos, si obramos bien, si rezamos, si nos mantenemos fieles a estas reglas moralistas que pretenden controlar a la población. La religión es la cima de los convencionalismos, de los métodos de control y de doble moral. Y es que te enseñan- adoctrinan- en la idea de que si no haces lo que ellos quieren, si no bajas la cabeza de manera patéticamente sumisa, arderás en un lugar de paredes rojas en el que una cabra descomunal te hará sufrir eternamente. Sed buenos o arded, obedeced o quemaos, bajad la cabeza o yaced para siempre entre cenizas. Y recordad, no cuestionéis jamás la la gran máquina, no busquéis explicaciones, no penséis, ¡por favor! Asumid una existencia de fidelidad, de subordinación a la forma más radical de adoctrinamiento aceptada por el planeta tierra y conviviréis en el cielo con angelitos cristianos como Bush. ¡Suerte con eso!
Apolo y Dionisio
Cuando observas la naturaleza, te percatas de que todo está en perfecto orden, como si un genio de las matemáticas y de la física hubiera ideado cuidadosamente cada rincón del planeta que habitamos. La vida es orden, equilibrio, armonía. El motivo de la existencia humana es un conjunto de hechos que se han sucedido de manera involuntaria, pero en búsqueda de un mismo objetivo: la supervivencia. No es un secreto para nadie que la finalidad de nuestras vidas sea la creación de más vidas y, así, la perpetuación de la especie. Es, por tanto, lógico, deducir que la vida busca la vida. La vida existe por sí misma, siendo su propio objetivo y causa. La vida es algo impresionante que, por el momento, no logramos conocer en su totalidad. Así pues, deducimos que en relación con su sentido, la vida es orden y claridad. No obstante, podríamos también pensar que todo se forma a raíz del caos. Que todo es suerte, basada en leyes de física. Que aquella explosión, la expansión, colisión y creación de lo que ahora llamamos universo es pura casualidad y que se basa en lo caótico e imprevisible.
Pues bien, debo decir que estoy de acuerdo con ambas afirmaciones. El universo actual surge del caos, del bum, de un espacio en el que nada tenía sentido. Y se organizó en base a las leyes que todos conocemos y, casualmente, surgió la vida de manera inesperada. Toda esta sustancia es, por tanto, un compuesto de orden y caos. Dicho dualismo se puede aplicar al ámbito antropológico. Y es que con la creación de la vida humana, se desarrolla la razón. La razón. La razón es una divinidad, es causa de males y motivo de toda certeza. La razón es, según muchos pensadores, el medio por el cual hallar el sentido a la vida. Es decir, si no desarrollamos ésta de manera adecuada, si no la guiamos a la luz, nuestra vida no habrá tenido sentido. Esto implica, en cierta manera, alejarse de todo aquello que perturbe nuestra fuerza mental, de la "anécdota" humana. Caeríamos entonces en la lejanía de lo vital, perdiendo en cierto modo el sentido por el que existimos. No podemos rechazar nuestra condición de humanos, de animales instintivos, los cuales se encuentran limitados por muchos factores. El ser humano está formado por dos componentes: cuerpo y mente. Vivir negando al cuerpo entregarse al placer de comportarse como un animal sería una aberración, pero vivir negando a la mente su capacidad de conocer, reflexionar, soñar, imaginar y volar, sería como no vivir. Es, por tanto, lógico pensar que la única forma de hallar la armonía en nosotros mismos es encontrando el equilibrio entre el orden y el caos, Apolo y Dionisio, lo vital y la razón.
domingo, 18 de octubre de 2015
La tiranía
Me siento verdaderamente agobiada. El aire me pesa. Cada vez que levanto un pie para caminar, noto cómo contrarresto toda la fuerza gravitatoria de la Tierra. Y mis músculos se quiebran. Inundo mis pulmones de aire envenenado cada vez que quiero vivir, y se pudren sin piedad. Grietas en las venas. Mi corazón pasa de 0 a 100 en un segundo. Me tiemblan las manos. Mis huesos pierden su consistencia. Hemorragia racional. Mi curiosidad, mi creatividad, mis verdaderas ilusiones, mis sueños y mis ganas de luchar se desvanecen de golpe. Y es que me pongo en los zapatos de cualquiera que ya haya vivido la lobotomía. Me alieno. Me coloco en la fila. Intento pensar, pero no tengo una mente que abrir; no, mi cerebro se ha convertido en un conjunto de pensamientos banales y monótonos: qué bien vestida va esa famosa, qué hago hoy para cenar, me apetece un helado, recuerdo aquel verano en la playa, tengo que comprar la comida de los gatos... Me he convertido en una pieza de un puzzle uniforme, donde cada parte ejerce una función pero todas son de color gris. Cualquier reflexión trascendental es expulsada de mi mente con un: ¿pero para qué? ¿Es que eso te va a hacer ganar dinero? ¿Te va a servir de algo?
Vago en un laberinto sin salida, sin objetivos, y me encuentro con copias de mi persona en cada esquina. Todos somos iguales. Pensamos igual. Queremos las mismas cosas. Debemos buscar a alguien con quien perpetuar la especie y luego, cuando la función esté realizada, continuar esa farsa. Debemos decir que la felicidad se encuentra en ese camino que nos han asfaltado, y que caminar por campo a través es una locura. Debemos engrasar los engranajes de este gran reloj que no avanza, que se ha quedado enganchado en las seis y media. Nos arrodillamos frente a la tiranía del convencionalismo y le agradecemos una vida tan llena, tan como debe ser. Y seguimos ese esquema propuesto. Calcamos la letra de nuestros antecesores y envidiamos al que es más como se debe ser. Pero no nos preguntamos quién decide qué se debe hacer. No nos importa quién hizo el manual del perfecto humano con su perfecta vida. Simplemente estamos. Yacemos. Caminamos. Vemos la televisión, que dicta nuestros comportamientos. Nos dejamos esclavizar por nuestros smartphones. Paseamos. Comemos. Bebemos. Envejecemos. Observamos cómo pasa el tiempo y entonces, de pronto, morimos. Y yacemos para siempre, no sin antes preguntarnos: ¿realmente quería esa vida? ¿A quién le importa? Ya no hay tiempo para arrepentimientos.
jueves, 8 de octubre de 2015
Crítica convencional
Antes de todo, quiero aclarar que yo no odio a la gente. De hecho, opino que las personas no tienen la culpa de nada. Realmente de nada. Y es que a veces observo a las personas como los seres primitivos que son (que somos). Nosotros sí que somos frágiles. Nuestras ideas son un suspiro. Nuestras vidas: tan banales, tan ordinarias, tan mundanas...Todos pensamos que somos diferentes al resto, que hay algo que nos hará destacar. Alcanzar... qué sé yo... ¿La fama? Ese gran sueño que anhela cada individuo desde su campo... "seré una gran actriz", "seré un gran escritor", "seré una gran científica y todo el mundo lo sabrá". ¿Verdaderamente importa el reconocimiento ajeno? ¿En serio vamos a pasarnos toda esta farsa diciendo que debemos ser nosotros mismos sin importar el resto para luego llegar a casa y desmoronarnos porque aquel de pantalones rojos dice que nuestros pantalones rojos son horrendos? Resulta absurdo. ¿Por qué tengo que vivir rodeada de gente hipócrita? ¿Por qué yo a veces me comporto como una persona hipócrita? Calma, creo que tengo la respuesta, aunque no el antídoto. La respuesta es el convencionalismo. La respuesta es que vivir en sociedad implica ser un modelo- la copia de una Idea, como diría Platón- y por esto, todos somos iguales. Nacemos, queremos jugar- pero nos obligan a sentarnos en un pupitre-, pasan los años, tenemos relaciones, nos casamos- porque debe ser así-, nos reproducimos y- basta-ya no servimos para nada, así que morimos. No, siento deciros que no estáis en este planeta para triunfar en el rock n' roll, sino para perpetuar este eslabón perdido de ignorantes cada vez más alienados que se niegan a pensar, a ver más allá, a abrir sus mentes. Abrid vuestras malditas mentes. Dejadlas volar y si no os gustan las vistas- que así sucederá- volved a meterlas en esa caverna para que vivan de ilusiones y mentiras. Huid del convencionalismo. Esto no significa que salgáis de vuestra zona de confort (doy esa tarea por realizada), sino que cada vez que hagáis algo porque debéis hacerlo, os planteéis si realmente es lo que queréis. Alejaos a más no poder de la esclavitud del conformismo. Mandad a la mierda todo aquello que no os aporte nada. Y es que nos rodeamos de basura tóxica- no hablo de objetos necesariamente- es que buscamos nuestras propias cadenas. Pues desencadenaos. Salid ahí fuera- o no- y tachad de vuestra mente todos esos mandamientos de aquel dios al que convenía inventarse, desprendeos de todos esos prejuicios que os envuelven porque alguien así lo quiso, reiniciemos nuestro cerebro y veámoslo todo desde nuestro punto de vista más inocente, más sincero, menos envenenado. Veamos el mundo como si nunca lo hubiéramos visto. No sólo para disfrutarlo más, sino para juzgar en base a lo que nosotros consideramos como el bien o el mal. Desaprendamos todo lo aprendido y soñemos cosas que nos dijeron que no podrían conseguirse, deshagámonos de toda esa basura que la sociedad ha vomitado sobre vosotros.
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